El corazón de la capital se ha convertido en un escenario de ritmo, arte y color que cautiva a personas de todas las edades con una amplia variedad de expresiones artísticas.
Cuando se habla de arte urbano es común pensar en murales o grafitis que vemos en paredes y calles de las ciudades. Sin embargo, este concepto abarca una variedad de expresiones artísticas que también forman parte de los espacios públicos. La música y el estatuismo son dos de ellas que a menudo encontramos en parques y zonas de interés turístico.
En el Centro Histórico de San Salvador, la música y las estatuas vivientes forman parte de la oferta cultural y turística cotidiana. Especialmente por las tardes, los artistas de las artes escénicas se adueñan de las plazas para cautivar a niños y adultos con la extraordinaria habilidad de permanecer inmóviles durante largos períodos. Su objetivo es romper la rutina urbana generando asombro entre los transeúntes. Permanecen completamente inmóviles y solo se mueven, bailan o interactúan con el público cuando alguien les da una moneda o aplaude.

El estatuismo humano es un arte teatral donde los cuerpos representan esculturas reales, ya sean mitológicas, clásicas o de personajes antiguos. Para lograr todo ello, los artistas deben poner en práctica ciertas técnicas de caracterización: el punto fijo, la creatividad y la quietud.
Las estatuas se ubican todos los días a un costado del Teatro Nacional de San Salvador. Y aunque es un arte que realizan con amor y pasión, también es el medio con el que se ganan la vida. Por lo tanto, brindarles una colaboración es una forma de valorar su trabajo y ayudar a que este arte siga dando vida al Centro Histórico.

El ritmo urbano
Además de las estatuas vivientes, la música también forma parte del esplendor de este espacio turístico en la capital. Cantantes independientes han encontrado en el Centro su principal escenario para cautivar con su canto a los visitantes.
Uno de esos artistas es Diego Carranza, un joven de 23 años que cada fin de semana instala su equipo frente a la Biblioteca Nacional de El Salvador (BINAES) para compartir su pasión por la música. Aunque actualmente interpreta diversos géneros musicales, reconoce que el rock fue el punto de partida de su carrera.

«Empecé a tocar rock gracias a que mi papá escuchaba esta música en la casa desde que yo era pequeño. Él ponía los clásicos de Aerosmith, Guns N’ Roses y Nirvana. Creo que desde ahí fui agarrando el gusto a este tipo de música. Y fue en 2020 donde dije que quería ser artista y me lancé a tocar», comenta.
Sus primeros escenarios fueron bares y eventos privados, pero en 2022 decidió llevar su talento al Centro Histórico. Fue ahí donde descubrió que este lugar también podía convertirse en un espacio para compartir su arte y conectar con un público diverso.

«La primera vez que llegué al Centro Histórico, yo andaba vendiendo dulces mexicanos y siempre andaba con mi guitarra. Entonces, por cada dulce que me compraban y por $0.25 más les cantaba una canción a las personas. Así fue como empezó a nacer todo esto en ese lugar», asegura Carranza.
Recuerda que con una guitarra acústica comenzó a presentarse frente a los visitantes del Centro. Su objetivo inicial era reunir dinero para mejorar su equipo de sonido, pero la respuesta del público lo terminó impulsando a continuar.

«El primer día se llenó. A la gente le gustó mi música. Eso me motivó a seguir cantando. Comencé interpretando clásicos del rock, como Lamento Boliviano y Música Ligera. Justamente, en ese tiempo andaba haciendo todo eso porque estaba recaudando fondos para comprar un nuevo equipo de sonido para hacer mis propias presentaciones como solista», afirma.
Actualmente, Diego se presenta de viernes a domingo, entre las 5:00 de la tarde y las 12:00 de la medianoche, frente a la BINAES. Aunque el rock continúa siendo su género favorito, con el tiempo comprendió que adaptarse al público era una forma de enriquecer su espectáculo.
«Antes interpretaba puro rock. Ahora comprendí que el salvadoreño es más tropical. Por eso, he hecho una mezcla de rock y cumbia. Además, canto rancheras, bachatas y boleros», añade.

En su repertorio no faltan canciones de agrupaciones como The Beatles, Nirvana, Guns N’ Roses, Aerosmith, Soda Stereo, Enanitos Verdes y Maná. En algunas ocasiones, incluso comparte escenario con su madre, con quien interpreta melodías de distintos géneros musicales.
Para Carranza, el contacto directo con las personas es uno de los mayores atractivos de cantar en zonas públicas. «La gente ha aceptado mi show increíblemente porque mezclo varios géneros y lo mejor es que es un show al aire libre para todo público. A la gente le gusta y lo noto porque bailan mientras canto. Eso me da a entender que estoy haciendo las cosas bien», destaca.
Y es que más allá del reconocimiento económico, asegura que la mayor satisfacción es observar cómo su música transforma el ambiente del lugar. «Lo que me gusta más es ver a la gente disfrutando y bailando. Me da una euforia muy bonita porque sé que la gente lo disfruta. Y realmente me encanta este trabajo que hago porque el salvadoreño lo necesitaba», indica.
También considera que estos espacios representan una oportunidad para fortalecer la cultura y generar momentos de convivencia entre los salvadoreños. «Para mí es muy importante la promoción de las artes. Siempre he dicho que la música mueve corazones y une corazones. Y estos espacios son momentos para que las personas estén en armonía y disfruten. Además, después de tanto que ha sufrido El Salvador, creo que esto es muy positivo», finaliza.
En resumen, la música y el estatuismo han demostrado que son dos expresiones artísticas que alegran y le dan vida a espacios públicos de El Salvador. Por lo tanto,merecen seguir formando parte de la oferta turística de cada rincón mágico de este país.






