El oficio es considerado un arte, tanto por la creatividad con las que se producen las flores, como por ser una fuente de ingreso para muchas familias en Quezaltepeque.
Las talentosas manos de Patricia Quezada llevan décadas elaborando flores de papel enceradas en Quezaltepeque. Aunque este oficio lo aprendió desde muy pequeña de su abuela, fue hasta su adultez que decidió que este se convertiría en su fuente de ingresos y también en su pasatiempo.
Un espacio de su casa lo ha transformado en su taller, donde pasa horas creando ramos de flores para luego venderlos en el Mercado Central o por encargos. Papel bond, pegamento, tijeras, pintura, alambres y parafina son sus principales herramientas de trabajo.
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“Me dedico a este oficio sobre todo por la noche. De 7:00 de la noche a 2:00 de la madrugada me pongo a elaborarlas. Me ayuda mi esposo, quien elabora la mecha, y mi nieta me ayuda a enrollar y a encerar”, comenta Patricia.
Quezada, de 58 años, realiza cinco tipos de flores: Jericó, baby, Tatiana, coqueta y orquídea en diferentes tamaños y colores. Sus años le han dado la experiencia necesaria para terminar ramos en tiempo récord. Eso sí, este trabajo no lo hace sola. Detrás de los bellos ramos hay muchas personas que también juegan un rol importante.

Todo inicia en la herrería, donde el fuego y la fuerza moldean los troqueles de hierro que servirán para cortar las figuras en papel. Luego, con enormes mazos de madera, los artesanos golpean estas piezas metálicas sobre decenas de pliegos de papel superpuestos; los más experimentados logran cortar hasta 30 hojas de una sola vez.

Mientras unos se encargan del corte, otras manos trabajan en la preparación de los tallos. El alambre es cortado, forrado y transformado cuidadosamente para sostener cada flor. Paralelamente, el papel es teñido con anilina y alcohol, dando vida a los colores intensos que caracterizan las piezas artesanales.

La etapa más delicada la realiza Patricia en su hogar, donde ensambla una por una de las flores hasta formar los ramos. El proceso comienza con la llamada “semilla”: un alambre forrado con una pequeña esfera en la punta. Después, con paciencia y precisión, los pétalos son colocados capa por capa alrededor del centro, hasta dar forma a rosas, orquídeas y otras flores de distintos tamaños.
El siguiente paso es el encerado, cuya función es darles textura, mayor durabilidad y realzar la intensidad de los colores de las flores. Los ramos se sumergen en la cera caliente por unos segundos; luego se sacan y se introducen en agua a temperatura ambiente para finalmente ponerse a secar.
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No se sabe con certeza cuándo nació la flor de papel encerada dentro del territorio quezalteco, pero de acuerdo con el acta municipal de 1902, aparece registrada como producto que circulaba dentro de la ciudad como un oficio tradicional.
En el Museo del Ferrocarril de la localidad se rinde homenaje a Juana Sarabia Duke, pionera en la elaboración de flores de papel enceradas. Se cree que fue ella quien enseñó este oficio a otras mujeres del pueblo, tradición que el 20 de octubre de 2020 fue declarada Bien Cultural por el Ministerio de Cultura.

“Es un orgullo para mí trabajar y ganarme la vida de esto. Es bonito mantenerse entretenida armando las flores. Por eso, siempre estoy dispuesta a enseñarle a todas las personas que deseen aprender este oficio”, asegura Quezada.
Hoy en día, Patricia es una de las tantas mujeres que mantienen vigente este oficio en la pintoresca ciudad de Quezaltepeque y, al igual que muchas, ha heredado las técnicas a sus nietos para que sigan con la tradición.








