A veces olvidamos tratarnos con la misma ternura que ofrecemos a los demás. El amor propio nace cuando empezamos a mirarnos con más paciencia y comprensión.
Cultivar el amor propio no siempre implica grandes cambios o transformaciones radicales; muchas veces se construye a partir de pequeños actos cotidianos de cuidado y atención hacia uno mismo. Darnos tiempo y consentimiento es una forma clara de recordarnos que somos importantes y merecemos bienestar.
El amor propio se manifiesta cuando elegimos escucharnos y atender nuestras necesidades físicas, emocionales y mentales. Algunas maneras sencillas y prácticas de fortalecerlo son:
- Ir por un masaje, como una forma de liberar tensiones, relajar el cuerpo y reconectar con nosotros mismos desde el descanso y el bienestar.
- Asistir al gimnasio o realizar alguna actividad física, no solo con fines estéticos, sino como una manera de cuidar la salud, aumentar la energía y fortalecer la autoestima.
- Regalarte un momento en un café, disfrutar de tu propia compañía, leer, escribir o simplemente estar presente contigo, sin prisas ni distracciones.
- Comprar ropa que te haga sentir cómodo y auténtico, eligiendo prendas que reflejen quién eres y cómo deseas sentirte, honrando tu identidad.
- Decorar tu casa con flores o detalles que te gusten, creando un espacio que transmita calma, belleza y armonía, y que se sienta verdaderamente tuyo.
- Ordenar y cuidar tu entorno, recordando que un espacio limpio y agradable también influye positivamente en el bienestar emocional.
Estos gestos, aunque simples, envían un mensaje poderoso: “me importo, merezco cuidado y atención”. El amor propio se cultiva cuando el autocuidado se convierte en un hábito consciente y constante, y no en una excepción ocasional.





