El Taller Los Sánchez es uno de los pocos espacios que mantienen viva la hojalatería en El Salvador, un oficio artesanal que enfrenta el desafío de preservar su legado ante el paso del tiempo.
A los 10 años, Mauricio Hernández Sánchez tuvo que abandonar sus estudios para trabajar y ayudar económicamente a su familia. Recuerda que pasó gran parte de su infancia viviendo en un pequeño cuarto junto a su mamá y sus cinco hermanos. La necesidad de salir adelante lo llevó a aprender a temprana edad el arte de la hojalatería, un oficio que rápidamente le apasionó y que en la actualidad tiene más de 65 años de ejercerlo.
“Esa situación no fue fácil, pero la lucha y la tenacidad de querer salir adelante me hizo llegar hasta donde estoy. Yo tuve que ayudarle a mi mamá a mantener a mis hermanos, porque era el mayor de todo”, rememora don Mauricio de 75 años.

Sánchez asegura que encontró en la hojalatería su verdadera vocación después de adquirir los conocimientos de un reconocido hojalatero de su lugar de residencia. “Aprendí este oficio del maestro Mario Torres, un hojalatero muy conocido en la colonia Santa Úrsula. En esos años, este oficio era más próspero; es decir, existían más hojalateros en la zona. Hoy somos pocos los que quedamos”, comenta.
En aquel entonces, observó con atención cada una de las técnicas que don Mario utilizaba para fabricar utensilios de hojalata, pues tenía un sueño claro: cuando creciera, fundar su propio taller. Y así fue. A los 27 años creó el Taller Los Sánchez en la colonia Santa Anita, en San Salvador, en el que a lo largo de más de seis décadas ha brindado oportunidades de empleo a numerosas personas interesadas en aprender este oficio.

Don Mauricio afirma que el trabajo de hojalatero exige mucha habilidad, precisión y conocimiento de geometría y cálculo para poder hacer las medidas exactas de cada recipiente. A través de técnicas como el corte, moldeado y ensamblaje, se elaboran alrededor de 100 artículos diferentes en su taller. Entre ellos destacan latas para pan, moldes para quesadillas, regaderas, medidores de leche, baldes lecheros, ollas, cocinas y jarras.
Estos recipientes se comercializan en distintos puntos del país, aunque tienen una mayor demanda en zonas como Chalatenango y San Miguel, donde existe una alta concentración de ganaderos. En estos lugares destacan las ventas de baldes lecheros y medidores de leche. Los productos suelen venderse por docena y tienen un precio aproximado desde $2 por unidad.

Un oficio que lucha por no desaparecer
Detrás de cada uno de estos artículos permanece vivo un oficio que, con el paso del tiempo, lucha por no desaparecer. El arte de la hojalatería ha sido durante décadas una labor venerable en la que hábiles artesanos, como don Mauricio, transforman meticulosamente lámina galvanizada y otros metales en piezas funcionales para el hogar.
Lamentablemente, la aparición de productos fabricados en plástico ha provocado un declive significativo en la hojalatería tradicional en El Salvador. Hoy en día, el Taller Los Sánchez es de los pocos que han logrado perdurar, preservando así el oficio y su legado.

“El plástico no nos ha sacado del todo porque no se puede meter al fuego y estos artículos sí se pueden meter. Antes nosotros sacábamos más productos, pero con la aparición de fábricas de plástico bajamos la producción. Recuerdo que comencé con 11 trabajadores, pero con esa situación solo me quedé con cuatro”, agrega Mauricio.
Marvin Antonio Martínez, de 42 años, es uno de sus trabajadores. Él comenzó a laborar en el Taller Los Sánchez a los 14 años para poder ayudar a su familia con los gastos del hogar. Actualmente tiene más de 28 años de dedicarse a la hojalatería, oficio que también aprendió su hijo, Josué Vladimir, de 18 años, con quien pasa jornadas elaborando un sinfín de artículos para el hogar.

Aunque Martínez obtuvo su título de bachiller en Contaduría Pública, con el paso del tiempo descubrió que ese no era el camino que realmente quería seguir. Su verdadera pasión estaba entre láminas y herramientas, donde encontró la forma de crear productos que hoy llegan a diferentes partes del país.
“Para elaborar cada producto, primero se raya la plantilla en la lámina, luego se corta y se dobla y la aplastamos hasta darle forma. Todo lleva su tiempo, pero la práctica lo hace a uno ágil”, expresa el hojalatero con orgullo al saber que es una inspiración para su hijo, quien sigue sus pasos en este oficio.

Marvin trata de enseñarle a su hijo la importancia de trabajar con precaución, ya que la hojalatería exige manipular constantemente herramientas y materiales cortopunzantes. Es por eso que antes de iniciar la jornada, suelen cubrir sus dedos con tirro para evitar cortaduras o lesiones más graves.
Hace 10 años, Martínez sufrió un accidente mientras laboraba. Recuerda que una máquina cortadora de láminas le trituró parte del dedo medio de la mano izquierda tras un pequeño descuido. Aunque tuvo que pasar por un proceso de recuperación largo, el incidente no lo alejó de su trabajo y regresó al taller para seguir creando piezas.

“Tuve un error limpiando las barras y me jaló el dedo y me lo trituró. Me dijeron en el hospital que si quería seguir o que me retirara, pero les dije que sí quería seguir porque me gusta el oficio”, relata.

La historia de Marvin es muy similar a la de don Mauricio. Ambos, como hermanos mayores de sus familias, comenzaron a trabajar en este oficio desde muy jóvenes y gracias al cual lograron sacar adelante a sus seres queridos.
Hoy en día, estos hojalateros continúan manteniendo viva esta tradición en el Taller Los Sánchez, donde desde tempranas horas transforman láminas en artículos que llevan el sello de su trabajo artesanal hasta los hogares salvadoreños.




